Paisaje nacional

Posted on abril 17, 2010 por

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Publicado en el diario La Prensa

Sábado 27 de septiembre de 2008

En los últimos años, las condiciones económicas nacionales y globales han incidido sobre la naturaleza del paisaje en Panamá. Más obvios son los cambios en el paisaje urbano, rural y natural por el aumento en valor de los bienes raíces. Pero también se ve afectado el paisaje mediático. Lugares donde el precio por metro cuadrado antes no parecía justificar el costo de cercar el terreno, hacer un plano y registrarlo en el catastro, hoy son objeto de disputas legales y familiares.

Las chatarras que antes marcaban los espacios intersticiales en las carreteras, hoy se han liquidado, literalmente, al fundirse, venderse e ir a engrosar los capitales que circulan. También, las piezas de infraestructura, tapas de alcantarillas o medidores, cableados y otros, pasan como tantos otros recursos en Panamá, de servir a los muchos a aliviar la necesidad temporal de un individuo. Irónicamente cuando la economía estuvo deprimida faltó el estímulo de peinar el espacio y librarlo de pesados hierros.

El espacio urbano y rural se densifica, pero irregularmente y sin la debida planificación, con edificios altos y pequeños que se construyen, intervienen o mejoran con mayor actividad que nunca antes. Pero los periodos de la acelerada construcción pocas veces se destacan por la mejor arquitectura.

Hoy por hoy están ocupados muchos estudiantes del turno diurno, en diferentes oficinas de arquitectura o empresas de construcción, como dibujantes, inspectores de acabados, diseñadores de muebles, etc… posiciones que antes se daban el lujo de escoger los arquitectos ya graduados. Evidencia positiva del hervidero económico y de cómo optimiza los recursos disponibles.

En el ámbito de la construcción, la migración centrípeta se acelera y llegan campesinos a suplir, lo mejor que pueden, una demanda que es en realidad de mano de obra especializada. También llegan extranjeros, algunos obreros certificados o artesanos, buscando posicionarse para cuando comiencen los trabajos de la ampliación.

El paisaje mediático es, en cambio, desolador. Hay más revistas, periódicos, emisoras, y ni hablar de vallas, pero el contenido es magro en investigación, reflexión y análisis. Metas menos ambiciosas quedan también insatisfechas, la ortografía, gramática, redacción de los medios escritos y de transmisión, incluso, de los apuntes que se dan en fotocopias en algunas universidades están llenos de gazapos que confunden a los estudiantes y ofenden a los lectores educados.

Revistas impresas en Colombia con impecable calidad de imagen nos ofrecen en las salas de espera donde se consultan –por falta de alternativas– pocas frases hilvanadas unas con otras, que brinden algo de información o interés, más allá del cotilleo y las banalidades.

En la radio y TV hay confusión entre el contenido de espectáculos y el de anuncios. Las pantallas se dividen y achican para mostrar textos de cuñas y, en la radio la diferencia entre música, narración de los disc-jockeys y anuncios se matiza y se pierde. También en los programas de opinión –oscilando pendularmente entre lo trivial, lo superficial y el quejarse de todo en forma amarillista– se dedica gran parte del tiempo a leer cuñas o a entrevistar a quienes están vendiendo un producto, a veces de dudosa calidad. Una nueva modalidad son los programas de “denuncia” e interés comunitario, que le dan una voz al que es desamparado por los canales oficiales. Lo malo es que terminan por perpetuar “el apagar fuegos”, cuando las instituciones dedican a su personal a escuchar estos programas y atender, en vez de sistemáticamente ir a las raíces de los problemas más importantes que afectan a una mayor población.

Otra consecuencia es que hay una población que termina por desconocer la diferencia entre los canales oficiales y los mediáticos y creen que una llamada a un programa constituye, en efecto, una denuncia y que la cobertura “periodística” valida y justifica su causa y argumentos. Se ve con preocupación que algunos dan el salto de esta fallida cantera de locutores o presentadores a candidaturas políticas, siendo sus únicas credenciales el pertenecer a la escueta farándula o chollywood y a una especie de clientelismo o populismo mal entendido.

La música es desprovista, más que plena. Repetitiva, desafinada, estridente, sin contrapuntos o armonías y aun el género que comenzó en Panamá se ve vencido por los valores de producción puertorriqueños que lograron popularizar y comercializar globalmente el reggaetón con más éxito que nosotros.

El retumbar de los equipos de sonidos de los autos, por las sonoras bocinas, pitos o como quiera llamarlo, son el grito primordial del panameño. Si no puede avanzar por medio segundo a toda velocidad, el conductor pita, pita y vuelve a pitar.

A las 6:00 a.m. pasa una moto estadounidense de ruidoso motor, activando las alarmas de los autos a su paso. En nuestra isla de calor urbana la brisa impulsa las ondas de sonido que ascienden a perturbar el sueño de quienes viven 10 pisos por encima. El paisaje sonoro de nuestra ciudad es una cacofonía de frenazos, música amplificada, gritos, pitos, etc. El ruido en una ciudad, como en una maquinaria, es señal de ineficiencia, desperdicio y deteriora nuestra salud y al bienestar físico y mental.

¿Dónde se tocan estos dos contextos, de medios y materiales? En los monumentos. Los monumentos que por algunas décadas han sido deficientes. Existe en internet una acertada crítica a los ahora sonados “muñecos” de Los Juegos de Antaño, que describe la atroz escultura como un monumento a la pedofilia. Tal vez le valen más a la nación ya fundidos, si tan solo no hubieran sido tan caros en un principio y hubieran ido de vuelta a las arcas públicas y no, cómo se teme, a bolsillos privados (de conciencia).

Igualmente el monumento a Durán, que es insuficiente para honrar a quién recorrió el mundo dándonos glorias y alegrías destacadas internacionalmente por su excelencia, no llega a elevar los hombros por encima del contexto en Vía Argentina. Por último, la estatua de Vasco Núñez la queremos desarraigar y trasplantar, pero el lugar que ocupaba era parte de un eje urbano simétrico parte del trazado original de La Exposición. No considero que sea una mejora moverla para alinearla con una plaza, a cientos de metros de distancia.

El paisaje urbano es un medio, resultante de la expresión del lenguaje de la arquitectura y el urbanismo, vivimos, cada día la oportunidad de dar un vuelco y cambiar para mejor, atinar un buen esfuerzo y hacer un aporte, la diferencia estará en optar por hacerlo. Tocará tal vez a otros, más entendidos de los temas de conservación natural hacer un resumen del paisaje natural del país.

El autor es arquitecto y profesor en la Universidad de Panamá

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